
No aprendo. No crezco. No dejo de pensar, analizar, imaginar, soñar.. me envuelvo en las palabras que me regala, los pequeños instantes en que podría derrumbarse el resto del mundo y yo seguiría ahí, de pie, mirándo esos ojos verdes, e intentando descifrar esa mirada. Se tambalean mis planes, tiemblan mis verdades, rompe mi rutina.. me llena el alma de dudas y las despeja cuando le tengo delante.
Pensaba que ya no tenía edad para perder la cabeza y el corazón de esta manera en el juego más antiguo del mundo.. pero tal vez estaba equivocada. Vuelvo a dejarme ganar. Por segunda vez, por la misma mirada, aquella que creí haber enterrado en mi memoria junto con un puñado de apuntes viejos al terminar la carrera. Pero qué ilusa.. me río de mí misma, río de esta ingenua que deja escapar a la mínima de cambio la cordura que se supone que debería tener. ¿De verdad no sabía que esto ocurriría?
Me engaño disfrazando de amistad y dulces recuerdos algo que salta a la vista al resto del mundo. Tal vez sea el momento de reconocer que le quise y le sigo queriendo.. porque no dejé de hacerlo nunca. Que aún me muero por escuchar esa risa, esa voz que me dice que la persona que un día conocí sí ha crecido y las experiencias vividas no han logrado ahogar esa alegría innata. Detrás de mi sonrisa calmada, mis palabras serenas, mi cara de no haber roto un plato.. arde mi alma, me quema el recuerdo de cada instante que me regalaba y que vuelve a regalarme.. quisiera gritarlo y tengo que callármelo todo para convencerme a mí misma de que he madurado, de que no soy tan infantil, de que no volveré a caer en este juego de niños que dejamos sin terminar y que dí por zanjado..
Pero en contra de consejos ajenos mi corazón me pide que me deje llevar.. y lo siento, no puedo, yo ya no tengo fuerzas para resistirme a esa sonrisa ni un segundo más..