
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón... leíamos por las tardes, y mientras la mente se iba volando a pueblos de casas blancas, sol y plata, algo iba quedando dentro, algo que tantos años después aún siento.
Descubríamos el mundo en una biblioteca pequeña, que servía también como taller de cuentacuentos. Yo miraba maravillada lo que para mí era una inmensidad de libros, donados por chicos y chicas que antes que nosotros habían pasado por allí... los mayores, los que no mucho antes se habían sentado en esos pupitres que guardaban algún que otro rastro de ellos, o más bien ellas, en forma de firmas o a veces de dibujos.. algún que otro corazón. Como si supieran que algún día necesitarían recordar que una vez estuvieron allí, que una vez tuvieron ganas de aprender.
Recitábamos poemas, a ella le gustaban los romances.. hoy recuerdo con nitidez muchas de sus lecciones. Hacíamos teatro preparando cada detalle como si nos fuera la vida en ello, y yo, niña tímida, por exigencias del guión me convertía en payaso, en bruja, en detective.. y sin darme cuenta esas exigencias me liberaban.
Si cierro los ojos puedo revivir tantas cosas.. aquellas tardes de manualidades en las que mientras las manos daban forma a la arcilla, nuestras mentes se iban también formando.. hablábamos, reíamos, nos preocupábamos por cosas que ahora me hacen gracia, y poco a poco se iban tendiendo lazos de amistad, construyendo puentes de cariño que en aquel momento eran impercetibles. Hoy escucho de lejos aquellas canciones de las excursiones que durante unos años cantábamos con solemnidad y luego nos servían de risas. Cualquier cosa nos servía de risa, necesitábamos ocultar nuestras inseguridades. Nos íbamos haciendo mayores.
Cómo iba a olvidarlo si es parte de mí; cómo no iba a quererte, si crecí contigo.
Siempre nos quedará París..